Ana, cortina de humo.

Ana, siento un giro que se va desenvolviendo como una envoltura de caramelo macizo. Es como si el destino le estirara a las dos orillas de mi vida y voy dando vueltas hasta el final. Tengo miedo Ana, miedo de que en uno de los giros te caigas de mi envoltura de celofán y te pierda para siempre. Hoy me siento cansado de verte, de ver tu piel como una cortina de humo que se ve, que sabes que está ahi, pero al intentar tocarla se dispersa. Así has estado todo el día, dispersada en tus pensamientos, en charlas por compromiso que curiosamente, no te comprometen con nada. Ya siento que te me escapas. Siento que te me escurres de las manos, entre los dedos, como el niño que juega con la arena y sabe que no podrá cargarla, sabe que se le está escapando pero de cualquier manera lo intenta. No sé si ha sido bueno que regresaras. Sé que en las noches sientes cuando entro al cuarto y te miro dormida, como en un sueño profundo del que no quieres despertar. ¿Qué sueñas Ana? Quizá con cojines de algodón de azúcar, que además, decías que combinaban con las sábanas y con tus zapatos altos. Quizá sueñas que ahora soy yo quien te abandona, ¿me escribirías? no creo que tantas veces como lo he hecho yo. Han sido tantas las palabras que han definido tu nombre, que siento que me repito, como siento que estamos a punto de repetirnos, tu dormida y yo soñando.

Ana, Húmedo Aroma

Ana, húmedo aroma, Mayo '10
Creo saber porqué has venido a verme. No es que quieras estar otra vez conmigo, que me extrañas ó que quisieras que juntos vayamos jalando del hilo de la tarde, deshilvanándola como antes. Más bien, quieres ver el recuerdo que tengo de tí, porque tú ya no te recuerdas, porque al olvidarme te has olvidado también. Quieres recordar cuando acostados sobre la cama yo esperaba a que te durmieras para luego cerrar los ojos y soñar juntos. Quieres ver si los silencios incómodos aún se nos deshacen en la boca, sí aún me encanta mirarte mientras te cepillas frente al espejo. Llueve ahora, llueve en este momento y en lo único que puedo pensar es en el momento en que llegues, en el aroma de tu cabello húmedo que podré percibir desde donde estoy sentado. Entrarás por esa puerta y fingirás no verme, luego me verás y podrás simular que no sonríes. Yo en cambio, no podré simular nada, me delatará la emoción, las ganas de correr a tus brazos, de impregnarme de tu aroma para conservarlo cuando te hayas ido. Estoy perdido Ana, al encontrarte me perdí.

Ana, recuerdo inmóvil

Abril '10

Otra vez desperté con el sabor a mezcal en la boca, y en la palma de mi mano tu aroma. No sé si es la mañana templada la que se resiste a olvidarte, o esas cosas tuyas que aún guardo en el ropero, como si esperaran que un día me llames y me pidas que las lleve a la plaza de siempre. Estarás ahí Ana, estatua de seda, fumando un poco y balbuceando el cuento que nunca has querido escribir. Ese cuento de la princesa y sus zapatos de madera, que siempre acababa diferente pero nunca tenía un final feliz, igual que nosotros. He regresado a la plaza un par de veces esperando encontrarte en la banca de siempre, o comprando frutas, o incluso tomándole una foto a la fuente pues jurabas que tenía menos agua que antes, porque antes metias los pies y te llegaba justo al delfín de tu tobillo y se cubría tanto que decías que podía nadar. Ahora era sólo un tatuaje con medio cuerpo de fuera. Yo trataba de convencerte que estaba saltando, como dando piruetas o algún truco que copió de la tele, pero tu decías que no, que tu delfín no se echa maromas porque se marea. No he tenido la suerte de encontrarte, has cambiado el rumbo así como la plaza ha cambiado su rutina. Ya no encuentro a la señora de las frutas, ni al viejito de las paletas heladas, tampoco al que tocaba el acordeón. En cambio, alguien vende café y otro por ahí ofrece billetes de lotería, alguien vende mazapanes y estoy seguro que un hombre puede adivinar la suerte con un canario que saca papelitos de una cajita. Ya no encuentro al poeta que aseguraba haber inventado el himno nacional pero se lo robaron en un sueño, tampoco te encuentro a tí, sentada, mirando. Hoy la fuente está seca Ana, tenías razón. De cualquier manera siempre cargo con un bote de agua, por si un día te encuentro, tu delfín pueda nadar.

Ana, visita ausente.

Marzo '10
¿Qué haría si me preguntaran por ti? Ana, reflejo en el agua. No sabría que decir, con una sonrisa evitaría mostrar que no te he visto, que no he hablado contigo. Mandarían saludos y recados, incluso compraría tus revistas en el puesto de la esquina cada vez que me dijeran que acababan de llegar, que es la que te gusta. Al poco tiempo se darían cuenta que estoy fingiendo, y seguirían mandando saludos y yo comprando revistas pero con una expresión triste, con manos lánguidas. Todavía me gusta pensar que cuando llegue a la casa estarás sentada a la orilla de la puerta, con la mirada fija en el horizonte, fingiendo no verme, y yo contento de verte una vez más. Necesito sacar algunas cosas - dirías sin siquiera decir hola con esa voz que al final se seca, con esa voz que se quedó impregnada en las cortinas y aun la esucho cuando sopla el viento. ¿Cuantas veces te hablaba sólo para escucharte? ¿Quieres un café? Quédate un rato, descansa, afuera llueve quédate hasta mañana, ¿Quieres comer algo? Y tú con tus respuestas distantes, siempre cortadas, tan frías que se helaba el cuarto y sentía cómo te alejabas, como el papalote que se aleja cuando se revienta la cuerda. No, decías... Aquí tengo tus revistas Ana, y un montón de recuerdos apilados junto a la cama, para cuando decidas visitarme otra vez.

Ana, sonrisa escarchada

Ene, '10.

El frío se deslizó esta mañana por debajo de la puerta. Se nos trepó por las piernas obligándonos a despertar más temprano. Más tristes. Por fortuna, el ron matutino estaba listo junto a la alfombra, sabía que arrastraríamos las cobijas para recostarnos ahí y beber un poco, platicar otro poco y dormir aún más. Fue cuando descubrimos que hay días en los que nunca amanece, y que a la mañana se le puede escabullir con palabras de licor. Yo no quería decir que me gustaba estar así, tu no quisiste hacer evidente que te dabas cuenta. Nos abrazamos en la alfombra, ignorándonos uno al otro. Una sorda luz penetraba por la ventana, acariciando apenas las fotografías que están sobre la mesa de la entrada, reflejándose en nuestros rostros impresos, en tu sonrisa escarchada que mostrabas siempre ante la cámara. Y es que, no es como tu sonrisa de siempre, que se va desgajando poco a poco de tu boca. Esa sonrisa que a veces no podías contener, apretada, contenida. Esta otra, sin embargo, es la que conservo, la congelada, la que parecía estar sostenida con palillos, como en un cuadro de Dalí, y yo al fondo me derrito, fundiéndome con el paisaje. Dibujame de nuevo Ana, aunque sea con el color de tu memoria..

Ana, delicado veneno.

Dic, 09 Ana, delicado veneno.

He vuelto a caer en el juego de siempre. Ese que odio y que me encanta, y porque me encanta, lo odio. Ese juego donde tus labios me invitan pero tus ojos me piden que me aleje, como una vibración constante que me mantiene aturdido. Ese letargo exquisito que me deja tu piel, que aún días después puedo sentirla en la yema de mis dedos. Como si el humo de cigarro que sale de tu boca nublara todo el cuarto, envenenándome al punto que mi mano tiembla cada vez que se acerca tu cintura, donde es muy probable que naufrague. Y cuando cobro conciencia, cuando logro salir del oleaje de tu aroma, ya no estás y sólo te veo entre sueños, al cerrar los ojos, al detener la respiración. Ana, te escribo esta carta para hacerte saber que me doy cuenta, que sé que me has hecho adicto a la primer letra de tu nombre, a tus abrazos de despedida, que me mantienes aturdido orbitando tu memoria. Y tú, que cierras los ojos como si nada importara, como si al cerrarlos el mundo dejara de existir y lo único que nos une es el roce de tu aliento. De índigo se tiñen las sábanas hasta que se confunden con la oscuridad que me envuelve cuando dices "adiós". Me encantas Ana, pero te odio.

Ana, chocolate envinado

A veces voy a la tienda de la esquina, recuerdo que nos gustaba que nos dieran mal el cambio, que nos dieran de menos. Pensábamos que así, compraríamos un poco de karma y era como tener saldo a favor y entonces contentos contábamos las monedas una y otra vez, desilusionándonos cuando todo estaba bien. Extraño esas pequeñas cosas como cuando estabas triste porque un zapato tuyo rechinaba y el otro ya no quería rechinar. Decías que se había enojado contigo porque no quisiste pisar un chocolate envinado que había en la banqueta, y entonces dejo de rechinar, aplicándote la ley del hielo, o en este caso, la del chocolate. Y así, sentías que andabas coja, con un zapato rechinando y el otro en silencio, no podías caminar así y entonces yo tenía que cargarte. Nunca llegábamos muy lejos. A veces pienso en el momento exacto en que empezamos a perdernos, uno del otro. Creo, que ese momento fue cuando un día dejamos de fumar porque sentíamos que había demasiado humo entre nosotros, y caminábamos y no se iba, cantábamos y no se iba, y cuando hablábamos las palabras se quedaban atoradas en el humo, deshaciéndose como se deshace una oblea para el aliento. Debí comprarte la bicicleta que querías porque decías que la calle estaba de bajadita y tenias ganas de dejarte llevar sólo para ver hasta donde llegabas. Como no te la compraba te montabas en tu bicicleta de aire y te ibas lejos, tan rápido que tu cabello se agitaba con el viento. Lo triste es que la calle te llevo lejos de mí, y yo sin saber andar en bicicletas de aire no pude alcanzarte aunque iba corriendo. Hoy sólo tengo un zapato que rechina, el otro no quiere rechinar porque te extraña, como yo.

Leo.