Ana, sonrisa escarchada

El frío se deslizó esta mañana por debajo de la puerta. Se nos trepó por las piernas obligándonos a despertar más temprano. Más tristes. Por fortuna, el ron matutino estaba listo junto a la alfombra, sabía que arrastraríamos las cobijas para recostarnos ahí y beber un poco, platicar otro poco y dormir aún más. Fue cuando descubrimos que hay días en los que nunca amanece, y que a la mañana se le puede escabullir con palabras de licor. Yo no quería decir que me gustaba estar así, tu no quisiste hacer evidente que te dabas cuenta. Nos abrazamos en la alfombra, ignorándonos uno al otro. Una sorda luz penetraba por la ventana, acariciando apenas las fotografías que están sobre la mesa de la entrada, reflejándose en nuestros rostros impresos, en tu sonrisa escarchada que mostrabas siempre ante la cámara. Y es que, no es como tu sonrisa de siempre, que se va desgajando poco a poco de tu boca. Esa sonrisa que a veces no podías contener, apretada, contenida. Esta otra, sin embargo, es la que conservo, la congelada, la que parecía estar sostenida con palillos, como en un cuadro de Dalí, y yo al fondo me derrito, fundiéndome con el paisaje. Dibujame de nuevo Ana, aunque sea con el color de tu memoria..

Ana, delicado veneno.

Dic, 09 Ana, delicado veneno.

He vuelto a caer en el juego de siempre. Ese que odio y que me encanta, y porque me encanta, lo odio. Ese juego donde tus labios me invitan pero tus ojos me piden que me aleje, como una vibración constante que me mantiene aturdido. Ese letargo exquisito que me deja tu piel, que aún días después puedo sentirla en la yema de mis dedos. Como si el humo de cigarro que sale de tu boca nublara todo el cuarto, envenenándome al punto que mi mano tiembla cada vez que se acerca tu cintura, donde es muy probable que naufrague. Y cuando cobro conciencia, cuando logro salir del oleaje de tu aroma, ya no estás y sólo te veo entre sueños, al cerrar los ojos, al detener la respiración. Ana, te escribo esta carta para hacerte saber que me doy cuenta, que sé que me has hecho adicto a la primer letra de tu nombre, a tus abrazos de despedida, que me mantienes aturdido orbitando tu memoria. Y tú, que cierras los ojos como si nada importara, como si al cerrarlos el mundo dejara de existir y lo único que nos une es el roce de tu aliento. De índigo se tiñen las sábanas hasta que se confunden con la oscuridad que me envuelve cuando dices "adiós". Me encantas Ana, pero te odio.

Ana, chocolate envinado

A veces voy a la tienda de la esquina, recuerdo que nos gustaba que nos dieran mal el cambio, que nos dieran de menos. Pensábamos que así, compraríamos un poco de karma y era como tener saldo a favor y entonces contentos contábamos las monedas una y otra vez, desilusionándonos cuando todo estaba bien. Extraño esas pequeñas cosas como cuando estabas triste porque un zapato tuyo rechinaba y el otro ya no quería rechinar. Decías que se había enojado contigo porque no quisiste pisar un chocolate envinado que había en la banqueta, y entonces dejo de rechinar, aplicándote la ley del hielo, o en este caso, la del chocolate. Y así, sentías que andabas coja, con un zapato rechinando y el otro en silencio, no podías caminar así y entonces yo tenía que cargarte. Nunca llegábamos muy lejos. A veces pienso en el momento exacto en que empezamos a perdernos, uno del otro. Creo, que ese momento fue cuando un día dejamos de fumar porque sentíamos que había demasiado humo entre nosotros, y caminábamos y no se iba, cantábamos y no se iba, y cuando hablábamos las palabras se quedaban atoradas en el humo, deshaciéndose como se deshace una oblea para el aliento. Debí comprarte la bicicleta que querías porque decías que la calle estaba de bajadita y tenias ganas de dejarte llevar sólo para ver hasta donde llegabas. Como no te la compraba te montabas en tu bicicleta de aire y te ibas lejos, tan rápido que tu cabello se agitaba con el viento. Lo triste es que la calle te llevo lejos de mí, y yo sin saber andar en bicicletas de aire no pude alcanzarte aunque iba corriendo. Hoy sólo tengo un zapato que rechina, el otro no quiere rechinar porque te extraña, como yo.

Leo.

Ana, galope de estrellas.

¿Estás seguro que quieres conocerme? Me dijiste con una mueca incómoda que me hizo sentir como si un escarabajo trepara por mis piernas, ¿lo recuerdas? La verdad no estaba seguro de querer conocerte, como tampoco estaba seguro de tu aroma de lluvias, de madrugadas tiesas y somnolientas, únicamente estaba seguro de tu nombre, Ana, incienso despierto. Nos fuimos por ahí, tú deslizándote por las calles como si fueran ríos, como si fueras una hoja de maple que flota con la corriente, y yo, desde la orilla brincando de un lado a otro, cruzando por las piedritas, tratando de alcanzarte. De ahí en adelante los días pasaron rápido, pero las tardes eran infinitas. Desde entonces, Ana, tatuaste tu nombre en mi memoria con tu aliento a aspirinas, y todavía en las noches mi mano me despierta buscándote en el laberinto de sábanas, del que no he podido salir. Ayúdame a recordar que fuimos más que sombras entrelazadas que se movían conforme pasa el día, papalotes atados al tiempo, que fuimos más que unas monedas en el sombrero de un cantante, separados por la compra azarosa de cigarros y mezcal. Sueña conmigo Ana, sueña que nado entre millones de estrellas que galopan sin rumbo, tratando de alcanzarte antes que te hundas en el río, sumergiéndote en labores de otros tiempos, de jabones quitagrasa y charlas cronometradas de café. Sigo sin conocerte después de tanto tiempo y sin querer estar seguro de querer hacerlo. Lo que sí quiero, es tomarte del brazo y ensuciarnos de historias, llenarnos de humo las manos y los ojos de vino, atravesando el mar de los silencios incómodos y las sonrisas fingidas, hasta llegar a las muecas acolchonadas, hasta llegar a , llegar a donde estabas, a donde estábamos, aunque nunca te conozca.

Ana, laberinto infinito

Hoy no quiero pronunciar tu nombre. Es tan suave que se evapora. Incluso con sólo pensarlo, temo que desaparezca para siempre, como desaparecimos. Pero sí puedo pronunciar tu cuello de lineas largas y de sombras temblorosas, y cada vez que lo pronuncio lo siento más cerca; ó pronunciar la piel delgada de tus piernas que se deshacen al tacto, como se deshace un barquito de papel al colocarlo en el agua, y como el barquito, me hundo para siempre. Puedo pronunciar tu perfume favorito que duraba todo el día y te seguía a todas partes, como yo, y tu perfume coloreando las tardes, como tú. No me gusta pensar en cuantos colores me he perdido, o cuales tardes has coloreado últimamente, tardes de quién, espero no duren tanto como las nuestras. El sabor del whisky en mi garganta sólo me sirve para recordar la licorería de la esquina, que nos quedaba de paso, y comprábamos y comprábamos y de paso, nos tendíamos sobre la cama. Y hacías de tu cuerpo un laberinto en el que yo estaba preso, sin querer encontrar la salida, y me enredabas más, y me envolvías y me perdía al dar la vuelta en el matiz de tus labios. Jamás pensé que un día iba a despedirme, y de hecho no lo hice, te despediste tú.

Ana, murmullo dormido

El otro día sentí que me recordabas, como cuando te sentabas al otro lado de la mesa para fingir que no importaba. Como el sol que se oculta a lo lejos, como la vecina que se esconde tras la puerta y se asoma. Aún tengo el recuerdo tibio de tu cuerpo sobre las sábanas. Tu piel, blanca como la arena. Parecía que la luna se había posado sobre mi cama. Piensas tanto que juraría que te escucho, me decías, y yo mirando a la luna en mi cama, en mis brazos. He cambiado tanto, olvidado tanto. Lo único que conservo eres tú. Tiré mi colección de corcholatas extranjeras, de servilletas rotuladas. Pero no puedo tirar tu nombre, Ana. No puedo tirar tu silueta sobre la sala pintándose las uñas de los pies, ni las macetas de la entrada. Estoy tratando de recordar la canción que cantabas. Abrías la puerta de la casa siempre en la misma estrofa. Nunca supe como terminaba. Canción infinita, como tú.

Ana, caramelo de menta

Marzo 01, 08
Últimamente siento que estás mas cerca de mí, como si apenas ayer nos hubiéramos visto. Me gusta imaginar que caminas a mi lado, esquivando a los extraños que pasan con prisa. Dejas unas monedas al que toca la guitarra en la esquina, porque sabes que yo nunca lo hago y dices que tienes que pagar por los dos. Luego tomamos el camión y te sientas frente a mí, mirándome todo el tiempo, porque sabes que eso me resulta incómodo y entonces empieza a darme comezón, empiezo a fingir que me río, a hablar de nada, y sólo sonríes y me miras y yo me rasco. A veces me he perdido caminando por pensar que vas conmigo, se me pasa la esquina y no doy vuelta, y me encuentro con gatos, o con el tianguis donde todo mundo ofrece cosas y yo no quiero nada, excepto que vuelvas. Si lo piensas, no es tan dificil. Sólo tienes que decirme hola, una sonrisa, una mirada, una palabra, una nota bajo la puerta, una llamada perdida... que yo podría encontrar...

Tu ya sabes quien soy,
a mí a veces se me olvida.