A veces voy a la tienda de la esquina, recuerdo que nos gustaba que nos dieran mal el cambio, que nos dieran de menos. Pensábamos que así, compraríamos un poco de karma y era como tener saldo a favor y entonces contentos contábamos las monedas una y otra vez, desilusionándonos cuando todo estaba bien. Extraño esas pequeñas cosas como cuando estabas triste porque un zapato tuyo rechinaba y el otro ya no quería rechinar. Decías que se había enojado contigo porque no quisiste pisar un chocolate envinado que había en la banqueta, y entonces dejo de rechinar, aplicándote la ley del hielo, o en este caso, la del chocolate. Y así, sentías que andabas coja, con un zapato rechinando y el otro en silencio, no podías caminar así y entonces yo tenía que cargarte. Nunca llegábamos muy lejos. A veces pienso en el momento exacto en que empezamos a perdernos, uno del otro. Creo, que ese momento fue cuando un día dejamos de fumar porque sentíamos que había demasiado humo entre nosotros, y caminábamos y no se iba, cantábamos y no se iba, y cuando hablábamos las palabras se quedaban atoradas en el humo, deshaciéndose como se deshace una oblea para el aliento. Debí comprarte la bicicleta que querías porque decías que la calle estaba de bajadita y tenias ganas de dejarte llevar sólo para ver hasta donde llegabas. Como no te la compraba te montabas en tu bicicleta de aire y te ibas lejos, tan rápido que tu cabello se agitaba con el viento. Lo triste es que la calle te llevo lejos de mí, y yo sin saber andar en bicicletas de aire no pude alcanzarte aunque iba corriendo. Hoy sólo tengo un zapato que rechina, el otro no quiere rechinar porque te extraña, como yo.
Leo.
Leo.
